No suelo ver cine español. Me deprime. Y eso que hay películas españolas que me han entusiasmado, como El verdugo o Viridiana. Pero claro, hace mucho que se rodaron esas dos películas. Y sólo hay que echar un ojo a los directores para darse cuenta de por qué me gustan tanto.

Un amigo mío (Rodya, para más señas) dice que los Premios Goya sólo sirven para inflar el ego de los mediocres directores españoles y para justificar las enormes subvenciones que se dan al cine español. Y que, por tanto, sólo premian la mediocridad. Yo no creo que la cosa sea tan radical, pero sí creo que Rodya tiene su parte de razón. No se entiende cómo una película como, por ejemplo, Alatriste, que lo único bueno que tiene es una fotografía preciosa (eso sí hay que reconocerlo), tuviera del orden de 15 candidaturas.

Sin embargo, y sin saber aún cuáles son los premios concedidos para las películas de 2.008, sí que estoy de acuerdo con el único Goya que ahora mismo se sabe. Este año le darán el Goya Honorífico a uno de los padres del cine de serie B terrorífico-erótico, Jess Franco. No es que yo sea una entusiasta del cine de Jess Franco; pero la verdad, un tipo que se ha pasado toda su vida haciendo este tipo de películas (más de 180 en su haber) y que haya conseguido marcar tendencia internacionalmente, se ha ganado ese premio y algunos cuantos más.

Y no, no lo digo sólo por cogerle cariño a su personaje del maestro Miyagi en Kárate a muerte en Torremolinos. Aunque su personaje estaba francamente gracioso.

«¡Culebrilla!»

Francamente, la Academia Española de Cine (o como se llame) no volverá a dar, seguramente, un premio mejor.